
A Donald Trump se le ve furioso. Tardó dos días en reaccionar a la derrota de las elecciones de medio mandato. Pero el jueves por la noche, pasado el estupor, estalló en el Despacho Oval. A gritos echó a su jefa de gabinete, Susie Wiles, la poderosa “dama de hielo”, la mujer que le había ganado las elecciones de 2024. Wiles salió de allí humillada. A los pocos minutos presentó su carta de dimisión. Trump le dijo que se lo pensaría. El viernes por la tarde ya había anunciado a su sustituto. Sería el hasta entonces subdirector de gabinete, Stephen Miller, un fundamentalista del trumpismo. Hasta el propio Trump ha bromeado con que más vale que Miller se guarde para sí lo que de verdad piensa, porque hasta para él podría ser demasiado.
Por David Alandete | ABC
El martes por la noche, sentado junto a Wiles en la Sala Este de la Casa Blanca, Trump vio cómo los republicanos perdían Texas, Iowa y hasta Kansas. También peligraban Misisipi y Alaska. Pero la magnitud de la derrota la entendió ya días después, al ver la cobertura de las grandes cadenas televisivas. Hasta sus más ardientes defensores le atribuían la debacle. Trump llegó a la conclusión de que le habían engañado. Y la culpa cayó sobre Wiles, quien ya estaba en la cuerda floja, sobre todo por no evitar la filtración de lo ocurrido en julio, al término de la cumbre de la OTAN en Ankara. A la vista de la prensa, el presidente había subido al Air Force One. Minutos después, un camión de “catering” lo recogió al otro lado del aparato y lo llevó, sin que lo vieran los periodistas, hasta un avión militar más pequeño. En ese avión voló al Reino Unido. Los servicios de seguridad temían un ataque iraní.
Trump llegó al martes de las elecciones sin darse cuenta de hasta qué punto había perdido el favor de los votantes. Muchas otras veces había desafiado a las encuestas. Ganó en 2016, volvió a ganar en 2024 y hasta la derrota de 2020 fue más estrecha de lo que auguraban los sondeos, lo que le llevó a denunciar un fraude que nunca pudo demostrar. Esta vez volvió a fiarse de sus mítines. En ellos todo estaba coreografiado, todo medido, desde su entrada en escena hasta la música con la que bailaba. El público lo formaban sus seguidores más fieles. Trump creyó que el entusiasmo de aquella gente era el de la calle. Y se estrelló.

El presidente vive en una burbuja. Su asistente personal, Natalie Harp, selecciona los mensajes que le llegan de las redes sociales y le imprime los que sabe que le van a gustar. Dos de sus asesores más cercanos, Stephen Miller, a quien acaba de nombrar jefe de gabinete, y Steven Cheung, su director de comunicación, nunca le llevan la contraria. Le adulan, como hacen los miembros de su gabinete. Es lo que Trump espera de ellos. Basta ver una de esas reuniones, que son televisadas. Ante las cámaras, los secretarios toman la palabra por turno y, uno tras otro, se deshacen en elogios al presidente. En la Casa Blanca, quienes se atrevían a llevarle la contraria han ido cayendo uno tras otro. Tampoco hay diálogo con los sectores críticos de su partido ni con los demócratas de la oposición.
Trump volvió a la Casa Blanca en 2025 rodeado de un equipo unido y escogido por su lealtad. Ahora las salidas se suceden y la Casa Blanca empieza a parecerse más a la de su primer mandato. Y entre las bajas de mayor peso predominan las mujeres. En primavera salieron Kristi Noem, Tulsi Gabbard, Pam Bondi y Lori Chávez-DeRemer. En agosto se marchó Karoline Leavitt. Ahora le ha tocado a Susie Wiles.
A Trump le importan sobre todo dos cargos, el de quien manda en el Ala Oeste y el de quien sale ante las cámaras a defenderlo. Para el primero, jefe de gabinete, ha elegido a Miller, lo que supone redoblar sus políticas más controvertidas, como las deportaciones masivas, tras la contundente victoria demócrata. El segundo ha vuelto a quedar vacante. Leavitt, una de sus defensoras más eficaces, anunció su marcha al poco de regresar de su baja por maternidad. Por aquellos días acababa de saberse aquello de su evacuación en un camión de “catering”, un fracaso de comunicación. Leavitt explicó que se iba para pasar más tiempo con sus dos hijos. Trump tardó semanas en elegir a una sucesora, Katie Zacharia, quien duró solo cinco días.
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